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Parto en casa (segunda parte)

Como os iba contando, cuando pude ver al personal del SAMUR pensé que las cosas solo iban de mal en peor. Pero aquí me equivocaba.

Aunque es verdad que llegaron un poco tensos y parecía que la enfermera y el médico no terminaban de entenderse, dejaron todas sus discrepancias a un lado y en todo momento trataron de trasmitirnos calma, fueron muy amables y cuidadosos y solo tuvieron palabras de ánimo.

Su actitud inicial me parece más que comprensible, ahora que sabemos que era la primera vez que atendían un parto y sus conocimientos al respecto eran bastante generales. Por eso mismo la enfermera era partidaria de tratar de llegar al hospital, sin embargo el médico, dijo que tenía que ser ahí mismo porque ya estaba saliendo.

Y tanto que estaba saliendo. Desde que entraron por la puerta hasta que nació mi hijo pasaron quince minutos.

Pero un cuarto de hora lleno de acción. Lo primero que hicieron fue echar a mi madre de la habitación. Después le pidieron toallas a mi marido. El protocolo de las películas requería un poco de agua caliente, pero eso se lo saltaron y fueron directamente al punto donde empiezan a sacar cachivaches de sus maletines. Me pusieron una pinza en el dedo y unas lapas para tener localizado el latido del bebe.

A las cinco nacía. Una hora y media después de haber roto la bolsa.

En el parto del primero, tal cual salió me lo pusieron sobre el pecho, nos cubrieron con una manta caliente y mientras estábamos así le ofrecieron cortar el cordón umbilical a mi marido.

Esta vez según salió cortaron el cordón, le frotaron con una toalla todo el vérnix y se pusieron a hacerle distintas comprobaciones. La verdad es que me conformaba con escucharle llorar y saber que estaba bien. No estaba la cosa como para decirles que se estaban saltando todo mi plan de parto.

Aún no habíamos terminado, quedaba la placenta. Empecé a sospechar que les faltaba experiencia cuando se quedaron ahí plantados, esperando. Como la cosa estaba más tranquila, me pusieron una vía con suero… que colgaron de la lámpara.

Cuando terminaron las comprobaciones de mi hijo, le cubrieron con una manta térmica de supervivencia (esas que parecen papel de aluminio y tienen una cara dorada y otra plateada). Envuelto como un Ferrero Rocher en la cosa menos gustosa que te puedes imaginar, me lo dieron por fin, pero no podía verle la cara porque estaba perdido entre los pliegues de ese papel de regalo que hacía muchísimo ruido con cada movimiento.

La placenta no salió hasta media hora después. Dicho así parece que sale de una forma agradable. La verdad es que es como alumbrar mellizos, las contracciones y el dolor siguen ahí. Quien dice que nada más nacer tu hijo se acaban los dolores miente. Que tu hijo nazca da mucha paz y alegría. Los dolores siguen hasta que sale la placenta, pero eso no queda tan poético.

Esa media hora se me estaba haciendo algo larga. Tenía a mi hijo encima, pero no le encontraba entre tanto papel. Las contracciones dolían y solo podía apretar los dientes, precisamente porque le tenía encima. Además como la habitación se estaba caldeando, en algún momento alguien había subido la persiana y abierto la ventana… espero que mis vecinos de enfrente tengan un sueño profundo, porque el espectáculo desde la ventana tenía que ser curioso.

Le pedí al médico que tirase del cordón o algo, pero que terminara con aquello. «Jaja. No. Empuja»

No os alarméis, en el hospital o acompañada de una matrona, la placenta sale a continuación del niño y ni te enteras. Te hacen un masaje en el vientre y/o te ponen oxitocina y listo.

Una vez salió, todos respiramos tranquilos. Incluida mi madre, que esperaba en el pasillo. Nos dijo que se quiso asomar una de las veces, pero al ver sangre se retiró definitivamente.

Le pidieron a mi marido bolsas de basura y empezaron a llenarlas, nos íbamos pitando al hospital más cercano.

En una bolsa metieron los deshechos que habían generado (gasas, suero, guantes…) y en otra la placenta, porque tenían que revisarla en el hospital.

Los técnicos de la ambulancia me subieron a una silla de ruedas, como mi edificio no tiene ascensor, me bajaron a la sillita la reina hasta la ambulancia.

Antes de irnos pude echar un rápido vistazo a mi dormitorio, que parecía el escenario de algo bastante más tétrico. La cama estaba encharcada, las toallas llenas de sangre, la cuna del bebe manchada también…

En la ambulancia no podía viajar mi marido, creo que por los protocolos del COVID. Así que él cogió rápidamente algunas cosas y siguió a la ambulancia en nuestro coche.

El viaje en ambulancia me encantó. El personal estaba considerablemente más relajado y bromeaban con lo sucedido y los posibles nombres del bebe. Debí preguntarles los suyos, porque los cuatro fueron tan majetes y lo hicieron todo tan bien que me da pena no poder reconocérselo un poco más.

Terminamos en el hospital público del que tenía tan malas referencias. Pero total, ya me daba todo igual.

El personal de la ambulancia nos metió por urgencias. Les dieron indicaciones para que me llevaran al paritorio, pero nadie nos acompañó y ellos no conocían el camino, así que estuvimos recorriendo pasillos oscuros y solitarios hasta que una matrona llegó en nuestra ayuda.

En el paritorio revisaron nuevamente a mi hijo, comprobaron la placenta y me examinaron.

El personal de la ambulancia no se marchó hasta asegurarse de que estábamos los dos perfectamente. Se iban los cuatro tan contentos. Acostumbrados a atender accidentes de tráfico, borracheras nocturnas y traslados de ancianos, esto era una aventura para ellos también.

Como no teníamos la documentación del embarazo, tuvieron que solicitar la información a mi hospital, además el papeleo y los protocolos del COVID nos dieron un rato bastante tedioso. Tardamos más de tres horas en llegar a la habitación.

Desde allí pude hablar con mi madre. Mi hijo mayor seguía dormido y no se había enterado de nada. Pero lo mejor fue saber que la funda impermeable del colchón lo había salvado. Estábamos mentalizados para comprar uno nuevo…

Del hospital salí en chanclas, las que tenía en la maleta para la ducha. Como me fui de mi casa en volandas nadie echó en falta llevar unos zapatos más dignos.

Realmente, eso fue todo.

Me alegro de que mi madre tardase una hora en llegar y de que no hubiese camas en nuestro hospital. Si nos hubiésemos subido al coche habría nacido a mitad de camino. Aunque es algo que no descarto para un tercer parto. A ver si no cómo superamos esto.

2 respuestas a “Parto en casa (segunda parte)

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